Hemos sido condicionados por el mercado laboral para “siempre dar lo mejor de nosotros”.
Es difícil identificar cuándo realmente hemos puesto todo nuestro talento y empeño para generar resultados, y cuándo la ceguera y blindaje de personas que prefieren gestionan relaciones, les hace juzgar nuestro desempeño como insuficiente o irrelevante.
El discurso en donde tenemos que dar todo (hasta el renunciamiento de lo que somos y creemos) para ser reconocidos como empleados destacados, es peligroso no sólo para las organizaciones que pregonan una cultura laboral sana, sino para la salud mental de quienes, por inexperiencia o falta de trabajo en su autoestima, se creen esta retórica perdiéndose no sólo así mismos para satisfacer a los demás, sino también renunciando a su sistema de valores, creencias y convicciones.
Gestionar relaciones y lealtades, antes que resultados, es posible que sea parte de un liderazgo efectivo y maduro, pero también, es probable que signifique un impedimento para destacar y crecer cuando tienes líderes inseguros, o bien, cuando no deseas formar parte de un círculo vicioso en el que esas lealtades son confundidas con obediencia y el acreditante las cobra, o el acreditado las paga, con sumisión e intereses.
La lealtad de tu equipo de trabajo es fundamental para lograr el éxito colectivo, pero la sumisión a costa de relaciones personales llevadas a lo profesional es un juego poco visible y con un precio alto que ni las organizaciones ni las personas que las conforman deberían estar dispuestas a pagar.
No es extraño entonces que tu desempeño, según los juzgadores en posiciones jerárquicas, “no sea el óptimo”, “no corresponda con lo que se espera de ti”, o sea “una falta de compromiso y espíritu de colaboración”.
Cada persona tiene el albedrío de elegir qué es lo que la hará destacar en su vida profesional y cómo quiere ser recordada; con esto debo reconocer, aunque no lo comparta, que obtener mérito, ascenso y reconocimiento a través de ser leales y no necesariamente eficientes, puede ser válido, aunque oscuro, turbulento y posiblemente desgastante en el corto y mediano plazo.
Las personas que ejercen este tipo de liderazgos quizás han equivocado su profesión y deberían dedicarse a la política, porque sí, son personajes que se centran en cuidar sus posiciones y relaciones de poder, y también discursan mucho sobre lo que es políticamente correcto o incorrecto.
Prefieren llamar estrategia al apego; un apego a relaciones y personas que posiblemente no aportarán nada más allá que servir como escudo y blindaje, pero que abrazarán ese apego a cambio de mantenerse en un círculo “seguro”.
Este tipo de líderes prefieren mantener cerca a personas que posiblemente no impacten de forma positiva por su talento y resultados, pero que tampoco lo harán de manera negativa al no generar “problemas”, porque sí, para estos liderazgos todo aquello que no abone a reforzar la lealtad y obediencia, siempre será visto como un problema, y las personas que generan problemas suelen ser “incómodas”.
¿Y el resultado?: personas o equipos agradecidos, pero no necesariamente empoderados. Equipos llenos de Trepas.
Ser incómodo, bajo esta perspectiva, en ocasiones puede ser un acto involuntario. Nadie hace lo mejor que puede en su trabajo para desagradar a sus pares o superiores, pero tampoco nadie debería contratar especialistas o expertos en una materia si lo que busca no es conocimiento, sino veneración.
Y así es como las organizaciones pueden llenarse de personas incómodas que son catalogadas como tal por el sólo hecho de intentar hacer su trabajo y demandar condiciones óptimas para ello, o bien, por el contrario, llenarse de personas Trepas.
El Trepa es un síntoma o resultado de la gestión de líderes que han sabido comprar lealtades para sentirse cómodos. Según el psicólogo español, Iñaki Piñuel, experto en mobbing, los Trepas abundan en organizaciones caóticas, poco estructuradas o que atraviesan cambios, turbulencias y tensiones.
Las personas con características de un Trepa, entienden muy bien que los jefes con una postura políticamente defensiva, inseguros o incompetentes, no buscan el talento en los empleados eficaces, sino súbditos pasivos, fieles y sumisos: entonces son serviles espías, delatores, y confidentes cuyas acciones rayan en la inmoralidad o la poca ética profesional.
Lo preocupante es que según un estudio de publicado en 2011 por the Journal of Business Ethics, los empleados con rasgos oscuros de la personalidad como narcisismo, maquiavelismo y psicopatía leve, suelen ser percibidos por sus superiores como líderes naturales, a pesar de ser una opinión no compartida por el resto de sus compañeros.
Así que ante la posibilidad de quedar a merced de psicópatas laborales, lo más sabio para tu salud mental no siempre es resistir, sino saber desistir a tiempo, antes de abrazar, fomentar y replicar, creencias, valores y comportamientos que no corresponden con tu forma de pensar, ser y actuar.
Si decides resistir, ¡felicidades por ser valiente!, pero hay ocasiones que la valentía no alcanza para cambiar comportamientos sistémicos que dañan una organización.
Si decides resistir, muy posiblemente te enfrentarás a escenarios donde no compartirán toda la información contigo, serás aislado, te asignarán tareas para que “demuestres lo que vales”, aunque no tengan nada que ver con los objetivos para los que fuiste contratada(o), atribuirán como propias ideas tuyas, jugarán al despiste, permitirán la rumorología, hablarán en voz baja todo el tiempo, medias verdades, libelos, en fin, éxito si este es tu camino.
El infortunio también existe en la vida profesional, los tropiezos, pero es justo en estos momentos donde debe ser más fácil reconocernos, valorarnos e identificar todo aquello que ha sido enriquecedor y ha impactado de manera positiva nuestra vida profesional y crecimiento.
Haciendo un poco de introspección, hace ya muchos años, diez para ser precisos, tuve la fortuna de encontrarme con liderazgos sanos, personas que jamás condicionaron su enseñanza y apoyo a cambio de lealtad o sumisión. Gracias a ellos he podido reinventarme, abrirme paso y seguir aprendiendo por el sólo hecho de que decidieron confiar en mí y apoyar lo que hago, sin tener que demostrar nada más que lo que pienso y soy, y por supuesto, dando resultados en las tareas y objetivos que me han sido asignados.
Los momentos de infortunio son la oportunidad para reconocer aquello que no queremos ser, eso en lo que no deseamos convertirnos, para recordar cuál ha sido nuestra historia de vida profesional, terminar con el síndrome del impostor y abrazar todos nuestros logros, victorias y aprendizajes que hoy día nos hacen echar por delante nuestras creencias y valores, antes que nuestro bolsillo.
Así que la próxima vez que alguien emita un juicio sobre tu trabajo o desempeño, escúchalo(a) por el simple derecho que tiene cualquier persona a emitir una opinión, sin embargo, comprende que no todas las opiniones son válidas ni respetables.
La mayoría de las veces, las opiniones, los juicios y las percepciones, dicen más sobre las personas que las emiten.
Recapitula, agradece y sigue adelante.
Escrito por Juan Carlos Saldaña para uxperiencias.com

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